A principios del siglo XX, el visionario Henry Ford introdujo la jornada de 8 horas diarias de trabajo en su empresa automotriz, como una oferta tentadora dirigida a personas que estaban acostumbradas a trabajar durante 12 horas continuas. Mucha agua ha corrido bajo el puente y hoy este tipo de ofertas son carentes de sentido e incluso resultan retrógradas en un contexto donde el aumento de la productividad se mide a partir de resultados y no de tiempo.

Hace algunos años la contratación de millennials puso sobre la mesa de negociación la flexibilidad en los horarios, una práctica que se ha vuelto criterio a tomar en cuenta por los encargados de Recursos Humanos, independientemente de las generaciones. Los análisis de tendencias laborales recientes indican que, a pesar de que el sentido de pertenencia hacia las empresas ha disminuido significativamente en los profesionales jóvenes (comparado con indicadores de los tiempos de nuestros padres, por ejemplo) y que en consecuencia haya aumentado la rotación de personal, en la actualidad los trabajadores parecen sentirse más vinculados con sus logros profesionales y entienden sus trabajos como una faceta significativa de su desarrollo personal.

De todo esto se deduce que estamos en el umbral de una nueva forma de concebir las funciones de los trabajadores, con el auge además de una tecnología que promete absorber las tareas más pequeñas y rutinarias, y donde los profesionales otorgan gran importancia a los aportes e innovaciones que puedan introducir en sus entornos, muchas veces trascendiendo las pautas de productividad acordadas inicialmente por contrato. Los horarios rígidos y otras restricciones laborales quedan entonces fuera de lugar; lo verdaderamente importante es la claridad de prioridades empresariales y la negociación de objetivos cumplidos en lapsos que no den oportunidad a interrupciones.

En un entorno flexible, la confianza y el reconocimiento son factores significativos. Las expectativas deben ser claras y las metas medibles para que el empleador se sienta cómodo con el cumplimiento de las tareas y pueda compensar a sus colaboradores cuando corresponda.

Más allá de ser tendencia, reinventar los horarios con base en la disponibilidad, flexibilidad y espíritu de colaboración tiene un sentido práctico derivado del aumento de la productividad demostrado, un beneficio que sólo demanda acuerdos  previos y eventualmente la sincronización de tareas.

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